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Por qué algunos productos fallan aunque estén bien construidos

  • 21 abr
  • 4 min de lectura

Actualizado: 28 abr

No todos los problemas de un producto digital se explican por una mala interfaz, una mala tecnología o una mala ejecución visual.

El último año de nuestras investigaciones sigue indicando que el problema es otro.






A veces, el producto está bien construido y tiene una lógica interna. Responde a objetivos de negocio claros. Pero aun así no termina de encajar con las personas que tienen que usarlo.

En los últimos meses o durante los últimos meses , hemos visto repetirse un patrón: productos que ya estaban en el mercado, pero que arrastraban una brecha clara entre la forma en que la empresa los había concebido y la forma en que el usuario final los entendía, los valoraba o intentaba utilizarlos.



El riesgo de diseñar "hacia dentro"

Este fenómeno está muy relacionado con algo que vemos a menudo en equipos que trabajan durante mucho tiempo sobre el mismo producto: la cercanía ayuda a conocer mejor el sistema, pero también puede hacer que ciertas fricciones dejen de verse.


Esa distancia suele aparecer cuando la solución se construye desde una mirada demasiado interna. El equipo de producto tiene un contexto que el usuario no tiene: conocimiento técnico, procesos de negocio, limitaciones internas, objetivos comerciales y decisiones históricas que han llevado hasta ahí.


Lo hemos visto en test con usuarios, algunos servicios, aun estando bien planteados desde la lógica interna de la compañía (varios equipos dieron su visto bueno) al revisarlos con el usuario, no tenían sentido no se veía con claridad su valor (no lo contrataría) y/o no encajaban con lo que esperaba de esa marca.


El riesgo aquí es alto: invertir meses de desarrollo en un producto que llega al mercado con un problema de base. No por falta de calidad técnica, sino porque no encaja con la lógica, la necesidad o el momento del usuario.

La buena noticia es que este problema es evitable. Unas pocas semanas de investigación, entrevistas y contraste de propuesta de valor permiten saber si la dirección es correcta antes de comprometer el presupuesto de desarrollo.


No se trata de ralentizar el proceso; se trata de evitar avanzar rápido en la dirección equivocada.



Cuando el producto encaja, pero la experiencia no lo explica bien

La segunda vía es distinta. El producto sí responde a una necesidad real, pero la forma de presentarlo no encaja con el modelo mental del usuario. Aquí el problema no está tanto en lo que se ofrece, sino en cómo se estructura, se explica y se guía la experiencia.


En algunos proyectos también recientes que hemos realizado:


  • Los test con usuarios han mostrado procesos de venta donde la fricción aparecía justo en momentos delicados: al comparar opciones, al entender condiciones, al valorar qué estaba incluido o al tomar una decisión de compra.

  • En otros casos, el problema era anterior: los usuarios no llegaban a conocer la existencia de determinados servicios porque no aparecían en el lugar, el momento o el nivel de jerarquía en el que esperaban encontrarlos. Es evidente para la empresa pero no para el usuario.

Cuando el flujo pide elegir o avanzar antes de haber construido suficiente claridad y confianza, aparecen las fricciones que luego vemos en los datos: abandono, baja conversión, llamadas a soporte y dudas repetitivas.


Cuando las métricas muestran baja conversión, es habitual intentar resolverlo con test A/B. Pero si el problema está en la comprensión del valor, en la arquitectura o en el momento en que se pide decidir, el A/B testing difícilmente llegará al origen. Sería como cambiar el texto de una indicación cuando el problema real es que aparece demasiado tarde. Antes de optimizar variantes, hay que entender dónde se rompe la experiencia y por qué. A partir de ahí, la optimización y medición UX/CX permite combinar datos, comportamiento observado y feedback de usuarios para priorizar mejoras con más criterio.


Por qué observar a usuarios reales sigue siendo una de las mejores inversiones

Una interfaz puede parecer clara en una reunión interna y no serlo cuando alguien intenta usarla sin el contexto del equipo. Puede parecer que tienen una gran sistema de navegación y resultar confusa en una situación real de uso. Puede estar bien diseñada visualmente, pero no ayudar al usuario a entender qué está pasando, qué opciones tiene o qué debería hacer a continuación.


Por eso, diseñar teniendo en cuenta el modelo mental del usuario no significa delegar la estrategia en él. Significa entender cómo interpreta el problema, qué espera encontrar, qué información necesita para confiar y qué barreras aparecen cuando intenta avanzar.


Esa diferencia, en muchos proyectos, es la que separa un producto bien construido de un producto realmente comprensible, usable y capaz de generar resultados.


Porque el usuario no interactúa con el organigrama, ni con el roadmap, ni con todas las decisiones internas que explican el producto. Interactúa con lo que entiende delante de una pantalla, incluso con lo que conoce de la marca y sus expectativas.


Y ahí es donde la investigación, la arquitectura de información y el diseño UX ayudan a reducir la distancia entre cómo una empresa piensa su producto y cómo una persona real lo entiende, lo valora y lo utiliza.


Si estás trabajando en un producto digital y tienes dudas sobre si la experiencia está alineada con lo que tus usuarios esperan, podemos ayudarte a analizarlo antes de seguir invirtiendo tiempo o presupuesto. Estaremos encantados de hablar.



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